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Facultad de la Defensa

La Facultad de la Defensa “FADENA” tiene como función capacitar a civiles y militares en temas referentes a la defensa nacional. La creación de la Facultad de la Defensa responde a la demanda y necesidad de formación de académicos y profesionales de alto nivel para comprender y asesorar sobre estos temas. De esta manera se fortalecen los posgrados existentes, y se crearán otros, con lo cual se jerarquiza a la institución incorporando prácticas de docencia, investigación y extensión propias de un ámbito universitario.

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Facultad del Ejército

La Facultad del Ejercito brinda servicios educativos llevados a cabo por el Colegio Militar de la Nación, la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, la Escuela Superior de Guerra, y la Escuela Superior Técnica.

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Facultad de la Armada

Unidad Académica de Formación Militar Conjunta

La Unidad Académica de Formación Militar Conjunta brinda servicios educativos llevados a cabo por la Escuela Superior de Guerra Conjunta y el Instituto de Inteligencia de las Fuerzas Armadas.

Centro Regional Universitario Córdoba - IUA

Facultad de Ingeniería y Facultad de Ciencias de la Administración

El Centro Regional Córdoba “IUA” brinda servicios educativos llevados a cabo por el Instituto Universitario Aeronáutico, que incluye la Facultad de Ciencias de la Administración y la Facultad de Ingeniería

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Facultad de Ingeniería del Ejército

La Facultad de Ingeniería del Ejército “General de División Manuel Nicolás Savio”, fue creada en 1930 por el entonces Teniente Coronel Manuel Nicolás Savio, precursor del movimiento “Ciencia, Tecnología y Sociedad”; consciente de la necesidad de formar recursos humanos altamente especializados en las distintas ramas de la ingeniería, para poner en marcha la movilización industrial y obtener el mayor rendimiento de los materiales de guerra, contribuyendo simultáneamente a la solución de los problemas relativos a la Defensa Nacional y al desarrollo de la Sociedad toda.

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20 de Mayo de 2020

La semana de mayo de 1810

El 14 de mayo de 1810 llegó a Buenos Aires la fragata inglesa Mistletoe, trayendo periódicos que confirmaban ciertos rumores que ya circulaban con intensidad en Buenos Aires: la Junta Central de Sevilla, último bastión del poder español, había caído en manos de Napoleón.

El viernes 18 el virrey Cisneros hizo leer por los pregoneros (la mayoría de la población era analfabeta) una proclama en la que advertía: “En el desgraciado caso de una total pérdida de la península, y falta del Supremo Gobierno” él asumiría el poder acompañado por otras autoridades de la Capital y todo el virreinato y se pondría de acuerdo con los otros virreyes de América para crear una Regencia Americana en representación de Fernando. Cisneros aclaró que lo movilizaba alcanzar la gloria de luchar en defensa del monarca contra toda dominación extraña y, finalmente, prevenía al pueblo sobre “los genios inquietantes y malignos que procuran crear divisiones”. A medida que los porteños se fueron enterando de la gravedad de la situación, fueron subiendo de tono las charlas políticas en los cafés y en los cuarteles.

La situación de Cisneros era cuestionada. La Junta que lo había nombrado virrey había desaparecido y la legitimidad de su mandato quedaba en duda. Mientras tanto, un grupo de patriotas que desde hacía tiempo se reunía secretamente en la jabonería Vieytes, notó que estos acontecimientos eran favorables para la acción, y resolvieron reunirse la misma noche del 18 en la casa de Rodríguez Peña para exigirle al virrey la convocatoria a un Cabildo Abierto para tratar la situación en que quedaba el virreinato después de los hechos de España.  En esa reunión, el grupo les encargó a Juan José Castelli y a Martín Rodríguez que se entrevistaran con Cisneros.

Sábado 19

Por  la mañana,  después de pasar la noche en vela en intensas reuniones, Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano le pidieron al Alcalde Lezica la convocatoria a un Cabildo Abierto. Por su parte, Juan José Castelli hizo lo propio ante el síndico Leiva.

Domingo 20

El domingo 20, el virrey Cisneros reunió a los jefes militares para pedirles su apoyo ante una posible rebelión, pero todos ellos se negaron a brindárselo. Castelli y Martín Rodríguez insistieron con el pedido de Cabildo Abierto. El virrey calificó el pedido como una insolencia y un atrevimiento y quiso improvisar un discurso. Entonces, Rodríguez le advirtió que tenía cinco minutos para decidir. Cisneros respondió: “Ya que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran” y convocó al Cabildo para el día 22 de mayo. Mientras, en el Café de los Catalanes y en La Fonda de las Naciones, se discutían posibles estrategias para seguir adelante.

Lunes 21

A las nueve de la mañana, como todos los días, se reunió el Cabildo para tratar los temas de la ciudad. A minutos de iniciarse la reunión, los cabildantes tuvieron que interrumpirla. Afuera, en la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo), había unos 600 hombres armados con pistolas y puñales que llevaban en sus sombreros el retrato de Fernando VII y, en sus solapas, una cinta blanca, símbolo de la unidad criollo-española desde la defensa de Buenos Aires. Domingo French y Antonio Luis Beruti lideraban este grupo de hombres que se hacía llamar la “Legión Infernal”. Lo que pedían a gritos era que se concretara la convocatoria al Cabildo Abierto. Los cabildantes accedieron al pedido de la multitud. Leiva salió al balcón y anunció formalmente el Cabildo Abierto para el día siguiente. Pero los “infernales” no depusieron su actitud y siguieron con los gritos, que ahora pedían que el virrey fuera suspendido. Entonces, intervino el Jefe del regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra, quien logró calmarlos comprometiendo el apoyo militar a sus reclamos.

Martes 22

De los 450 invitados a participar del Cabildo Abierto, solo concurrieron 251. En la plaza, French, Beruti y los infernales esperan las novedades. La discusión fue álgida y  empezaron los debates –que duraron unas cuatro horas– sobre si el virrey debía seguir en su cargo o no. El primero en hacer uso de la palabra fue el Obispo Lué quien dijo que, mientras hubiera un español en América, los americanos le deberían obediencia. Juan José Castelli le contestó que habiendo caducado el poder Real, la soberanía debía volver al pueblo, que podía formar juntas de gobierno tanto en España como en América. El Fiscal de la Audiencia, Manuel Villota, advirtió que para poder tomar cualquier determinación había que consultar al resto del virreinato, confiando en que el interior del país sería favorable a la permanencia del virrey. Juan José Paso respondió que no había tiempo que perder y que había que formar inmediatamente una junta de gobierno.

La mayoría apoyaba la destitución del virrey, pero no había acuerdo sobre quién debía asumir el poder y por qué medios. Castelli propuso que fuera el pueblo a través del voto quien eligiese una junta de gobierno, mientras que el jefe de los Patricios, Cornelio Saavedra, proponía que el nuevo gobierno fuera organizado directamente por el Cabildo.

El debate del 22 fue muy acalorado y pasional, con ingredientes que fueron desde ideas conservadoras hasta revolucionarias, aderezadas con insultos, chiflidos, burlas y hasta escupitajos.

Miércoles 23

Por la mañana, se reunió el Cabildo para contar los votos emitidos el día anterior y redactó un documento: “Hecha la regulación con el más prolijo examen resulta de ella que el Excmo. Señor Virrey debe cesar en el mando y recae éste provisoriamente en el Excmo. Cabildo (…) hasta la erección de una Junta que ha de formar el mismo Excmo. Cabildo, en la manera que estime conveniente”.

Jueves 24

El Cabildo designó efectivamente una junta de gobierno presidida por el virrey e integrada por cuatro vocales: los españoles Juan Nepomuceno Solá y José de los Santos Inchaurregui y los criollos Juan José Castelli y Cornelio Saavedra. Despreciaron absolutamente la voluntad popular, lo que provocó la reacción de las milicias y el pueblo. Castelli y Saavedra renunciaron.  Tomás Guido cuenta, en sus memorias, el nerviosismo de Belgrano: “En estas circunstancias el señor Don Manuel Belgrano, mayor del regimiento de Patricios, que vestido de uniforme escuchaba la discusión en la sala contigua, reclinado en un sofá, casi postrado por largas vigilias observando la indecisión de sus amigos, púsose de pie súbitamente y a paso acelerado y con el rostro encendido por el fuego de sangre generosa entró al comedor de la casa del señor Rodríguez Peña y lanzando una mirada en derredor de sí, y poniendo la mano derecha sobre la cruz de su espada dijo: “Juro a la patria y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese renunciado, a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas”.

Por la noche,  Castelli y Saavedra más una delegación de patriotas se presentaron  en la casa de Cisneros y lograron su renuncia. La Junta quedó disuelta y se convocó nuevamente al Cabildo para la mañana siguiente.

Cisneros sobre sus últimas horas como virrey:
“En aquella misma noche, al celebrarse la primera sesión o acta del Gobierno, se me informó por alguno de los vocales que alguna parte del pueblo no estaba satisfecho con que yo obtuviese el mando de las armas, que pedía mi absoluta separación y que todavía permanecía en el peligro de conmoción, como que en el cuartel de Patricios gritaban descaradamente algunos oficiales y paisanos, y esto era lo que llamaban pueblo, (…). Yo no consentí que el gobierno de las armas se entregase como se solicitaba al teniente coronel de Milicias Urbanas Don Cornelio de Saavedra, arrebatándose de las manos de un general que en todo tiempo las habría conservado y defendido con honor y quien V.M las había confiado como a su virrey y capitán general de estas provincias, y antes de condescender con semejante pretensión, convine con todos los vocales en renunciar los empleos y que el cabildo proveyese de gobierno”.

El 25 de mayo de 1810

Amaneció lluvioso y frío, o eso es lo que la historia nos contó. Sin embargo, grupos de vecinos y milicianos, encabezados por Domingo French y Antonio Beruti,  abrigados por las ideas revolucionarias que esparció en el mundo la Ilustración, se fueron juntando frente al Cabildo a la espera de noticias. Algunos llevaban en sus pechos cintitas azules y blancas, que eran los colores que los patricios habían usado durante las invasiones inglesas.

Pasaban las horas, continuaban las discusiones. El Cabildo había convocado a los jefes militares y estos le hicieron saber al cuerpo, a través de Saavedra, que no podían mantener en el poder a la Junta del 24 porque sus tropas no les responderían. La gente comenzaba a irse de la plaza, entonces el síndico del Cabildo salió al balcón y preguntó: “¿Dónde está el pueblo?”. En esos momentos, Antonio Luis Beruti entró a la sala capitular seguido de algunos infernales y dijo: “Señores del Cabildo: esto ya pasa de juguete; no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces. Si hasta ahora hemos procedido con prudencia, ha sido para evitar desastres y efusión de sangre. El pueblo, en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz para venir aquí. ¿Quieren ustedes verlo? Toque la campana y si es que no tiene badajo nosotros tocaremos generala y verán ustedes la cara de ese pueblo, cuya presencia echan de menos. ¡Sí o no! Pronto, señores, decirlo ahora mismo, porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños; pero, si volvemos con las armas en la mano, no responderemos de nada.” Poco después,  se anunció una nueva Junta Gde gobierno. El presidente era Cornelio Saavedra; los doctores Mariano Moreno y Juan José Paso eran sus secretarios; fueron designados seis vocales: Manuel Belgrano, Juan José Castelli, el militar Miguel de Azcuénaga, el sacerdote Manuel Alberti y los comerciantes Juan Larrea y Domingo Matheu. Comenzaba una nueva etapa de nuestra historia.

Saavedra recuerda en sus memorias que la Junta gobernaba en nombre de Fernando VII: “Con las más repetidas instancias, solicité al tiempo del recibimiento se me excuse de aquel nuevo empleo, no sólo por falta de experiencia y de luces para desempeñarlo, sino también porque habiendo dado tan públicamente la cara en la revolución de aquellos días no quería se creyese había tenido particular interés en adquirir empleos y honores por aquel medio. Por política fue preciso cubrir a la junta con el manto del señor Fernando VII a cuyo nombre se estableció y bajo de él expedía sus providencias y mandatos”.

Pero se cree que esto era solo una estrategia a la que se llamó  la “máscara de Fernando”: se decía que gobernaban en nombre del rey, pero en realidad querían declarar la independencia. Sin embargo, creían que todavía no había llegado el momento. La máscara de Fernando se mantuvo hasta el 9 de julio de 1816.

El ex virrey Cisneros y los miembros de la Audiencia intentaron huir a Montevideo y unirse a Elío (que no acataba la autoridad de Buenos Aires), pero fueron arrestados y enviados a España en un buque inglés.

Fuentes:
Luna, Félix (1994). Breve historia de los argentinos. Buenos Aires (Argentina): Planeta. ISBN 950-742-415-6.
Pigna, Felipe (2007). Los mitos de la historia argentina. Argentina: Grupo editorial Norma. ISBN 987-545-149-5.

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