Editorial

El desgaste como opción estratégica: a cuatro años de la agresión rusa sobre Ucrania.

Ya cumplido el cuarto año de la escalada del conflicto resulta pertinente evaluar el estado actual de las partes a la luz de una guerra prolongada, cuyos efectos acumulativos han generado un marcado desgaste sobre las dimensiones económica, industrial, política y psicosocial. No obstante, la niebla de la guerra continúa ocultando información crítica sobre la magnitud real de la degradación de los recursos esenciales, tanto en sus dimensiones físicas y materiales como en el plano moral, donde la voluntad política, la cohesión social y la resiliencia nacional adquieren relevancia.

Numerosos análisis centrados en los limitados avances territoriales rusos tienden a subestimar que el objetivo prioritario de su maniobra operacional ha sido la degradación sistemática de la fuerza ucraniana más que la ocupación inmediata de espacio. Desde la óptica ucraniana, el desgaste infligido al adversario ha sido más irregular y condicionado por restricciones materiales y operacionales. Esta lógica de desgaste, coexiste en tensión con el objetivo estratégico declarado de Ucrania de restablecer su integridad territorial, revelando una discrepancia estructural entre fines políticos y los medios disponibles en una guerra prolongada de alta intensidad.

Las cifras de bajas en Ucrania se han convertido en un terreno opaco y altamente politizado. Rusia no publica datos oficiales desde septiembre de 2022, y desde entonces las estimaciones provienen de fuentes externas o de declaraciones cruzadas entre las partes. Kiev sostiene que las pérdidas rusas superan el millón de efectivos, mientras que centros de análisis occidentales estiman entre 500.000 y 600.000 bajas ucranianas. Moscú, por su parte, ofrece cifras considerablemente más elevadas sobre las pérdidas de su adversario.

Más allá de la disputa numérica, el dato relevante es estructural: ambos bandos enfrentan un desgaste humano sostenido que condiciona su capacidad de continuar la guerra. Rusia ha recurrido no solo a conscripciones internas, sino también a inmigrantes, apátridas y reclusos, mediante incentivos contractuales que implican un costo económico creciente. La pregunta estratégica es hasta cuándo podrá sostener ese esfuerzo. Ucrania enfrenta una restricción demográfica más aguda. Su reclutamiento se orienta hacia especialidades críticas, logística, apoyo de fuego, infantería, y el flujo de voluntarios extranjeros parece haber disminuido respecto de los primeros años del conflicto.

Ucrania ha intensificado los ataques en profundidad contra objetivos estratégicos rusos vinculados a la producción militar, tecnologías duales y, especialmente, al sector energético, fuente clave de ingresos para Moscú. Las refinerías de petróleo y gas, que aportaban decenas de miles de millones de dólares anuales al presupuesto ruso, se han convertido en blancos prioritarios. Moscú no solo responde con campañas masivas de drones y misiles contra infraestructura energética y población civil ucraniana; ya es un acto cotidiano.

Los indicadores económicos rusos comienzan a reflejar tensiones. Los ingresos fiscales provenientes del petróleo y el gas muestran caídas significativas respecto del año anterior; la inflación se acelera; el consumo se contrae; y sectores como la siderurgia evidencian estancamiento. El crecimiento del PIB se ha desacelerado y la presión fiscal aumenta en un contexto de menor dinamismo exportador. Sin embargo, la industria militar mantiene un nivel de actividad elevado gracias al financiamiento presupuestario y la reasignación de recursos en detrimento de otros sectores del potencial nacional. A ello se suma un problema estructural: la escasez de mano de obra derivada de las bajas, la emigración y la reducción de flujos migratorios.

Del lado ucraniano, la reducción del respaldo estadounidense desde 2025 ha sido parcialmente compensada por un mayor compromiso europeo. Sin embargo, el deterioro del entorno de seguridad, marcado por el incremento de ataques con misiles y drones, ha profundizado los daños a la infraestructura, particularmente en los sectores energético y logístico, afectando la inversión y las expectativas empresariales. Las recientes reuniones en Bruselas y Munich confirmaron nuevos compromisos financieros y militares para 2026. Pero la cuestión central permanece abierta: en una guerra de desgaste prolongado, la verdadera variable crítica no es la capacidad de resistir en el corto plazo, sino la de sostener económica y socialmente un conflicto cuya duración continúa expandiéndose.

Tanto en Rusia como en Ucrania comienzan a observarse señales de fatiga moral. Episodios de abandono de posiciones, investigaciones internas y reportes sobre deterioro psicológico en unidades de ambos bandos revelan que el desgaste no es únicamente material: es humano y moral. Ninguna causa nacional, por legítima que sea, elimina el punto de quiebre individual. Desde octubre de 2025 puede identificarse una nueva fase del conflicto caracterizada por una campaña sistemática de coerción psicosocial. El objetivo no es la ocupación inmediata de territorio, sino la erosión de la resiliencia nacional ucraniana mediante ataques recurrentes contra población civil e infraestructura crítica. Se busca generar fatiga social, presión política interna y condicionar las decisiones estratégicas del liderazgo.

Las cifras son elocuentes: 2025 registró el mayor número de víctimas civiles en Ucrania desde 2022. La reducción del apoyo militar estadounidense, especialmente en defensa aérea, incrementó la vulnerabilidad de centros urbanos e infraestructura crítica frente a ataques masivos rusos. Solo en 2025 se contabilizaron cientos de ataques contra el sector energético, evolucionando desde la destrucción de capacidad de generación hacia la neutralización de nodos de transmisión y subestaciones de alta tensión, cuyo reemplazo puede demorar años. Ucrania también ha intentado trasladar el conflicto al interior ruso mediante ataques en profundidad, afectando regiones fronterizas y su infraestructura. El impacto sobre civiles en zonas como Belgorod introduce un elemento de reciprocidad que complejiza la narrativa internacional del conflicto. A su vez, las redes sociales amplifican cada episodio, cada destrucción y cada denuncia, buscando moldear percepciones globales y sostener legitimidad política.

Para cualquier decisor estratégico resulta vital lograr que su oponente llegue a su punto culminante moral. En este conflicto ya se han dado muestras reiteradas de haber superado puntos culminantes físicos y materiales, pero la voluntad de continuar la lucha aún persiste por diferentes estímulos o motivaciones. A cuatro años de iniciado, el conflicto entre Rusia y Ucrania se ha consolidado como una guerra prolongada regida por el desgaste estratégico. Ante la imposibilidad de una decisión militar rápida, la confrontación ha desplazado su centro de gravedad hacia la capacidad relativa de los actores para sostener, en el tiempo, los costos económicos, sociales y políticos del conflicto. En términos clausewitzianos, este conflicto ha reafirmado su carácter de guerra total, donde la interacción entre fuerzas armadas, sociedad y conducción política resulta inseparable.

La transición hacia una nueva fase, caracterizada por la coerción psicosocial y el ataque sistémico a la infraestructura crítica, no constituye una desviación doctrinaria sino una profundización coherente de la lógica de desgaste. En consecuencia, la cuestión decisiva ya no reside en el control territorial ni en la superioridad operacional o táctica, sino en qué actor alcanzará primero su punto culminante de voluntad. Si el desgaste continúa siendo la opción estratégica dominante, el desenlace del conflicto difícilmente adopte la forma de una victoria decisiva clásica, en el cual la guerra se decide menos en el campo de batalla que en la capacidad política y social de persistir frente a una presión prolongada. La búsqueda de una paz negociada pretende esconder el agotamiento de ambas naciones en pugna, que no admiten su mutua derrota al no poder lograr sus respectivos objetivos estratégicos.